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Discurso Por Radio Del Presidente - 30 de septiembre de 2000

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THE WHITE HOUSE

Office of the Press Secretary


For Immediate Release Saturday, September 30, 2000

DISCURSO POR RADIO DEL PRESIDENTE
A LA NACIÓN

Despacho Oval

EL PRESIDENTE: Buenos días. Esta ha sido una buena semana para Estados Unidos. Mientras que nuestros atletas siguen acumulando medallas en Sydney, nuestra economía sigue rompiendo récords dentro del país. Nos enteramos en estos días de que el ingreso familiar había alcanzado el nivel más alto de todos los tiempos y la pobreza, el más bajo en 20 años; el excedente presupuestario es el mayor registrado hasta nuestros días; y, por primera vez en 12 años, en gran medida gracias al Programa de Seguro de Enfermedad Infantil, el número de estadounidenses sin seguro de enfermedad ha disminuido en más de 1,5 millones.

Hoy deseo hablarles de aprovechar al máximo este momento, dando la prioridad a la educación de nuestros hijos y construyendo mejores escuelas para ellos.

Este otoño, nuestras escuelas abrirán sus puertas al mayor número de alumnos de la historia. Y debemos esmerarnos en darles la mejor educación de la historia. Nos estamos esforzando por transformar nuestras escuelas, con estándares más elevados, mayor responsabilidad y más inversión. Las calificaciones de lectura, matemáticas y exámenes de ingreso a la universidad han mejorado, al igual que los índices de graduación escolar y universitaria. Hemos impulsado considerablemente los programas extracurriculares y de verano, Head Start. El número de estudiantes que en los estados han satisfecho estándares de programa obligatorio común ha pasado de 14 a 49; y los estados, uno tras otro, están transformando las escuelas decadentes.

El programa de calificación electrónica fundado por el Vicepresidente ha contribuido a conectar al 95 por ciento de nuestras escuelas a la red de Internet y estamos a punto de contratar a 100.000 maestros sumamente preparados con el fin de reducir el número de alumnos por clase en los primeros grados.

Sin embargo, los alumnos difícilmente pueden superarse en escuelas deterioradas. En todo el país tenemos alumnos que luchan por aprender en locales hacinados y vetustos. He visitado escuelas en todo el país que viven esa realidad: una escuela en Florida donde las clases se dictaban no en uno o dos, sino en 12 remolques. Una escuela en Queens que tenía 400 alumnos más de los que su edificio podía albergar. Una escuela en Virginia en la que el servicio de electricidad de algunas aulas era tan deficiente que, al conectar una computadora en la pared, el cortacircuitos se disparaba y se cortaba la corriente.

Esto constituye un reto para el país en su conjunto, para las ciudades y las zonas rurales, para los poblados y las comunidades nativas norteamericanas. La escuela estadounidense promedio tiene más de 40 años de antigüedad. El costo de poner nuestras escuelas en buenas condiciones es de unos $127 mil millones.

Hoy hago público un nuevo análisis del Departamento de Educación que recalca la necesidad a nivel nacional de construir nuevas escuelas y modernizar las que ya existen. Este estudio proporciona un informe de cada estado y demuestra que, por lo menos, el 60 por ciento de las escuelas en cada estado necesita reparación. Muchos estados y comunidades locales se están esforzando por remozar sus escuelas, pero demasiados distritos escolares simplemente no cuentan con la base fiscal que les permita asumir solos la carga.

Por ello propuse un crédito fiscal destinado a la construcción de escuelas y que ayudara a las comunidades a construir o modernizar 6.000 escuelas; recomendé, además, donaciones y préstamos para reparaciones de emergencia en casi 5.000 escuelas por año, durante cinco años.

Lo bueno es que, en este momento, contamos con una mayoría bipartidista en la Cámara de Representantes para aprobar la ayuda destinada a la construcción de escuelas. Pero los líderes republicanos siguen interponiéndose y se niegan a someterla a votación. Cada día de estancamiento representa un día más que obligamos a nuestros niños a asistir a la escuela en remolques y a recibir las clases en aulas hacinadas y locales deteriorados. El Congreso debe actuar de inmediato.

En un sentido más general, se trata de nuestras prioridades y valores. Las escuelas a las que asistí de niño eran bastante viejas, pero muy bien mantenidas. Transmitían a cada alumno un mensaje claro: nos importas; tomamos en serio tu educación. Así fue cómo la generación de mis padres mantuvo la fe en nosotros y es así cómo nosotros debemos mantener la fe en nuestros hijos.

Pero se nos acaba el tiempo. El año fiscal termina hoy, a la media noche. Y el Congreso todavía no me ha enviado un presupuesto para educación y para sufragar otras prioridades apremiantes. Sin embargo, han tenido tiempo, primero, de aprobar un recorte impositivo enorme e irresponsable desde el punto de vista fiscal; y, luego, después de yo vetarlo, de recargar las facturas de gastos con cientos de millones de dólares en proyectos de intereses especiales. Una sola ley financiera abarca proyectos adicionales por valor de $668 millones. Eso alcanza para efectuar reparaciones de emergencia en 2.500 escuelas, para inscribir a un millón de niños en programas extracurriculares, para contratar a más de 15.000 maestros con el fin de reducir el número de alumnos por aula.

No hace mucho tiempo que el Senador McCain dijo que los fondos públicos asignados a proyectos locales con fines electorales –y cito– "se han descontrolado por completo". Pues bien, es hora de cerrar el grifo de asignaciones de fondos con ese propósito y de cumplir con lo que nos impone el futuro de nuestros hijos.

Por eso pedí a mi equipo de presupuesto que llegara a las negociaciones finales de un presupuesto educativo que representara nuestros valores y satisficiera las necesidades de largo plazo de nuestros hijos. No abandonaremos la mesa de negociaciones hasta no haber invertido en la modernización de nuestras escuelas y nos seguimos esforzando por contratar a 100.000 maestros de calidad que permitan reducir el número de alumnos por clase. Seguiremos luchando por redoblar el sentido de responsabilidad; por transformar las escuelas decadentes –o cerrarlas o ponerlas bajo una nueva administración–; por ampliar los programas extracurriculares y las oportunidades de educación superior para los jóvenes; y por asegurar que cada clase cuente con un maestro calificado.

Nuestros hijos merecen escuelas del siglo XXI. En esta época de prosperidad, tenemos la responsabilidad de garantizarles nada menos que eso. Al construir escuelas más sólidas, edificaremos un país más fuerte en el futuro.

Gracias por su atención.


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